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El rugido de la plaza...

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Resuenan en la arena los pasos del "valiente". El ejecutor, como estrella recibido, se materializa cual dios en la plaza criminal. No va solo, lleva un arma, acero puro. A su espalda sus colegas en caballos listos están ya para matar. Sed de gloria, sed de sangre. Ansias de comenzar.

Sale al fin, el inocente. Confundido. Pobre indefenso, hoy su historia culminará. Las trompetas aclaman el comienzo. ¡Empecemos, pues, a asesinar! Desde las gradas la emoción es tangible. La plaza de toros se une en un ensordecedor  !Ole! No hay conciencia, no hay sentimientos. Todo se ha evaporado bajo el peso del salvajismo. Y abajo, sumido en el tormento, el toro ya sintió la punzada de la banderilla. Ya notó que le falta sangre. Ya percibió nuestra brutalidad.

Él no sabe que su muerte nos divierte. Él no sabe que sus alardios no se escuchan, porque los aplausos los absorben. Él no sabe que su sufrimiento es un trofeo para la bestia que lo aniquila. Y disfrazando la tortura entre elegantes movimientos, el torero se prepara para la estocada final. Aprovechando que su víctima se encuentra débil después de la humillación.

Y el toro no sabe nada... mas que debe huir, correr, luchar por su vida.

El no sabe que cuando su cadáver choque contra el suelo, los aficionados vitorearán al sucio inhumano que le arrebató la vida con crueldad.

Él no sabe nada, no ve nada, porque la sangre lo cega y el frenético ruido de la multitud lo ensordece.

Él tampoco sabe que por más que pelee en la arena, la vida no le será concedida. Pues frente a él se encuentra el más aborrecible de todos los engendros...

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